Para algunos es un negocio, para otros pura nostalgia pero está claro que el coleccionismo es un fenómeno que alcanza a todo el mundo. Los deuvedés edición simple/dos discos/coleccionista/de lujo, las cacharrerías en que se han convertido los kioscos, los precios astronómicos de cualquier porquería sólo porque es antigua, el tener que buscar el periódico entre la maraña de coleccionables, suplementos, bonos para la vajilla de la Cartuja o la última enciclopedia sobre la semana santa de Sevilla (que digo yo que con tallas de tantos siglos en algunos casos, ya estará todo escrito).
Yo he coleccionado de todo, y de todo me he cansado; sellos, pegatinas, fascículos, pines, hasta gafas rotas iba acumulando en un cajón hasta que rebosaban (y es que tenía una ingente producción de material al respecto). Con los años y exceptuando algunas frikadas (que mi señora afirmaría que son numerosas y caprichosas) he dejado el noble arte del coleccionismo compulsivo que a veces queda separado por una delgada línea del síndrome de Diógenes.


El único capricho que me permito últimamente y no es por coleccionismo sino pura nostalgia es guardar algo de cada uno de los rodajes en los que participo. Se acaba de cumplir un año del rodaje del cortometraje “Hendaya, cuando Adolfo encontró a Paco” y hasta la semana pasada lucían en mi pasillo las lámparas que otrora adornaran el vagón de Hendaya que han sido sustituidas por otras más modernas y más caras. Conservo los periódicos que hice para los créditos de “El contrato“, los muppets de “Paco el Vampiro” y por supuesto Mary, la protagonista de “Todo lo que quiero para Navidad” que próximamente Tubearé. Quien sabe, tal vez algún día tenga para abrir un museo.