Se alinearon los astros, 13 amigos y unas cuantas chuletas y chistorras, y pasó un año más. Mi taller, a falta de trabajo escultórico, es una magnifica sede para celebrar cumpleaños y no había ni puesto los primeros pinchitos sobre la plancha cuando comenzó la encerrona, todo el mundo abandonó la azotea y me obligaron a bajar la escalera cual Marilyn, regalos diseminados en el suelo y amigos alineados como un pelotón de fusilamiento preludio de la maravilla que aguardaba en uno de los paquetes.

Sin duda fue el regalo estrella, aunque no desmerece el inmenso tomo de Corto Maltés (¿donde lo voy a meter?), las peligrosas mujeres del maestro Sorayama, el inencontrable libro de Frank Frazzeta, el Papa Puerco de Terry Prattchet y los Pilares de Ken Follett, mi ración anual de Asterix y de Star Wars o la cara y elegante camisa que sólo una madre puede regalar.

La espada del Conde Dooku hizo un largo y peligroso viaje y mi mujer casi reventó de tener que guardar el secreto durante un mes (creo que le han quedado secuelas) aunque de verdad, de verdad, dos cosas este año son las que de verdad me han hecho ilusión. Las dos están hechas a mano y las dos tienen que ver con la orden Jedi. Mi primo me hizo la verdadera espada de los jedi:

Y miniyó me dibujó este retrato de familia:

Y de bonus track, el pequeño Curro, que dice que pasa de frikadas, a él le va el abstracto: