Uno de los episodios que más detesto de mi adolescencia (y detesto muchos) fue cuando me empezó a entrar esa fiebre por deshacerme de todo lo que representaba la niñez, ese periodo en el que para afianzar tu hombría en lugar de dejar de aplastarte los granos te da por tirar juguetes. En esa limpieza étnica de la que también tuvo culpa la falta de espacio (todo hay que decirlo) cayeron mi muñeco de Mazinguer Z de un metro de altura, todas las revistas del Petete (se salvaron los Libros Gordos), el scalextric (de esto también tuvo la culpa mi padre que clavó literalmente el circuito haciendo un ocho a una tabla, subsistió mientras hubo espacio debajo de la cama) y muchos más pero lo que más dolió fueron los muñecos de Star Wars.

Tenía por aquel entonces un amigo que no lo era tanto pero yo aún no lo sabía, un amigo que siendo consciente de mi debilidad me empujó hacia el lado oscuro:

Supuesto Amigo: -Si no quieres estos muñecos me los podrías dar para mi sobrino.

Joven Pigmalión: -¡ah! ¿pero tu tienes sobrino?

SA: -Si, y le encanta la guerra de las galaxias. ¡Se vuelve loco!

JP: -No sé, estos tenía pensado conservarlos.

SA: -Jo, pues le haría una ilusión…

JP: -es que…

SA: -Total, si tu ya no vas a jugar con ellos. Porque no vas jugar con ellos ¿VERDAD?

JP: -No, no…. si yo era por el recuerdo… yoyano…. ejem…

SA: -Bueno pues no se hable más, veras que contento se va a poner!

Y comenzó a arramplar con todos mientras un hilillo de baba se le escapaba hasta mi alfombra. En un arrebato de pundonor y desprecio por la vida pude hacerle frente sólo para preservar un pequeño retazo de mi infancia:

maestro-yoda.jpg

JP: -¡No! ¡El Yoda no!

SA: -¡Pero tío, si es mu chico! ¿Con esa mierda verde te vas a quedar?

JP: -elyodanoelyodanoelyodanoelyodanoelyodanoelyodanoelyodano…..

SA: -Pues que pena con lo chulo que…. con lo que le gusta a mi sobrino ese personaje!

JP: -elyodanoelyodanoelyodanoelyodanoelyodanoelyodanoelyodano…..

Y mientras permanecía como un Rain Man cualquiera aferrado a aquel pequeño trozo de plástico, mi infancia salió por la puerta casi de puntillas. Los días siguientes no hacía más que imaginarlo jugando con mis muñecos, poniéndole sus sucias manos encima, disfrutando de esas horas de felicidad que antes me habían brindado a mí. No sabía si cortarme las venas o dejármelas largas.

En mi vergonzosa debilidad, sólo dos cosas me consolaban, una era que había salvado al maestro Yoda de aquella purga de Jedis, aún hoy adorna una de mis vitrinas en solitario y me recuerda mi cobardía….

…la otra era que no le había hablado de las naves.

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