Estaba el otro día cumpliendo una de mis obligaciones maritales, concretamente el ir de compras, cuando me asaltó en forma de ropa interior uno de los miedos de los creadores: La desvirtuación de su obra.

Aclaremos, el shopping en concreto no era en otro lugar que en una tienda de lencería joven, de éstas de poco encaje y mucho colorín. Sumiso yo, andaba vagando entre los estantes repletos de braguitas, minitangas, camisetitas, pijamas multicolores, batas y albornoces mientras niñas, muchachas y jóvenes esposas andaban tocando el género (textil, se entiende) seguidas de esposos y novios abnegados, unos con mirada cabizbaja y algo incómoda y otros más espabilados admirando el género (femenino, se entiende).

Yo estaba, y no quiero sonrisas incrédulas, en otros menesteres. Además de lo obvio, este tipo de comercios me gustan porque son una auténtica galeria de ilustraciones: Vacas, gatitos, ratones, hipopótamos, pingüinos, ningún animal se libra, y si hablamos de personajes famosos menos aún, Mickey, Pato Lucas, las Supernenas, Mafalda, Betty Boop, Supergirl, hasta Olivia, la escuálida novia de Popeye andaba retratada en algunos conjuntos ¿como podían pelearse el marinero y Brutus por semejante adefesio?

En esas estaba mi mente cuando de repente veo a tres chiquillas de no más de quince, pijas ellas, superpijas, que se acercan a una estanteria en la que Snoopy observa desde unos shorts como se acercan estos tres productos de una intoxicación de MiprimeracoloniaChispas. Y yo, que he crecido en barrio pijo (más que pijo, barrio del Avecrem), recordé la desafortunada asociación entre el can creado por Charles Schulz y esta relamida tribu urbana.

Cuando contaba con diez años, los chicos/as de mi barrio llevaban pegatinas de Snoopy, llaveros de Snoopy, bolsos de Snoopy, seguro que hasta su primer tampax tuvo la efigie de Charlie Brown. Esto hizo que odiara sobremanera al dichoso perrito durante años hasta que, ya en mi edad adulta y aficionado a leer algo más que al insigne Ibañez y a Superheroes petados de esteroides, descubrí a los verdaderos Snoopy y amigos en las tiras de Peanuts.

Y claro, eso no tenía nada que ver con los secuaces de los hombres G. Sarcasmo, ironía, inteligencia, un sentido del humor capaz de reirse de la sociedad americana desde dentro, la versión anglosajona de nuestra mordaz Mafalda (o al revés, ella es más joven).

En resumen, lo que a mí me atormentaba es ¿qué puede hacer que la obra cumbre de un magnifico autor, cargada de profundidad e inteligencia acabe colgando de unos Levi’s 501TM con tan superficial fín? No lo sé, supongo que es una loteria que ninguno querríamos que nos tocara, aunque pensando en los beneficios generados por los derechos de imagen….
y de los tangas ni hablemos…